BLANCA

Suena el timbre, ese sonido ronco, corto, como de alarma sonando a las 5 AM. Me contraria sentir molestia con el sonido cuando estoy, en el fondo, contenta por recibir visitas. Es Blanca. Blanca y un vino tinto.

- Hueona, no puedo tomar - le digo.
- Ya bueno, fumemos algo entonces  pa' que te relajis y nos conectemos con el universo.
- Sí,bueno, sí. - le respondo mientras la abrazo y extiendo las palabras.

Blanca se sienta en el sillón, con la espalda muy derecha, mira la pantalla de la tele apagada frente a ella, luego observa mi departamento y elogia la manta de la india que le compré a una colega. También repara en mi planta, una yuca con problema de identidad que siempre confunden con un palo de agua. Sin querer la saco de su observación.
- No puedo tomar en al menos seis meses, pero si quieres toma el vino que trajiste, yo puedo pedir un delivery de cerveza sin alcohol. Estoy experta, ya conozco a todos los flacos de "Pedidos Ya".
- ¿Y te querís tirar a alguno?
- Jajajá, no, siempre estoy con pijama, ordinaria, sucia, mírame. Deben estar chatos de mí. Sobre todo el Miguel, el de los ojos de miel, jajajá, rima la hueá.

Hace días estoy un poco tensa, pero trato de mantener la calma todo lo que se puede. Me he visto todos los documentales que existen en Netflix sobre los chacras, reiki, minimalismo, energías, escritores estancados, dramas familiares, intercambio de parejas, y obvio, El Secreto. Siempre lo había evitado, pero creí que era un buen momento.

Una de las formas más frecuentes que tiene mi mente para manifestar mi tensión, es la rigidez. Me pongo como un tronco, no fluyo con una vibración ondulante, sino que más bien la imagino como una línea recta vertical que atraviesa los 20 pisos hacia abajo y los 6 hacia arriba, incluyendo las máquinas de la lavandería y los quinchos de la azotea.

Eso ha provocado un descenso impresionante en mi líbido, que sumado a la necesidad de cuidar en extremo mi pierna, me mantiene un poco en modo planta. Ni eso, estoy segura que mis suculentas han tenido más sexo que yo en este último mes. Pienso que no es tan malo fumar un poco de marihuana, pero le digo a la Blanca que mejor me como el cuarto de una galleta chistosa que me queda en un frasco. Se las compré a ella hace un par de meses. De hecho, así fue como nos conocimos, cuando un día de angustia amanecí con la idea plantada en la cabeza de que quería comer marihuana, espeíficamente una galleta. Entre cotnacto y contacto, esa misma noche le compré cuatro, después ocho más. Menos mal me quedaban.

Abro el frasco y me como el cuarto de galleta, simplemente me lo lanzo a la boca.
- No puedo creer que te queden galletas - me dice Blanca.
- El que guarda siempre tiene- le digo.
Me siento a su lado en el sillón y ella se pone a fumar marihuana, aunque ya viene volá de antes.
Le pregunto si tiene encendedor, explicándole que ya no fumo cigarro, por lo que éstos dejaron de ser materia de mi interés hace exactamente tres semanas.
- Sí tengo, creo que andaba trayendo uno- me dice. Lo encuentra, prende un caño promedio, sale un olor que me lleva por una espiral del pasado, entre olor a copete y carrete. Me consume un segundo este pensamiento, como un charchazo en la cara veo todo, al menos los últimos cinco años, no puedo hablar.
- Shh, ya te quedaste pegá, si las galletas son buenas pero no son tan rápidas - me dice Blanca riéndose, un segundo antes de ponerse a toser por la hierba.
- No, es que pienso hueás, ando pegada por lvida en verdad -le digo.

El cuadro es raro. Es primera vez que blanca viene a mi casa, y no pensé que vendría con un vino para compartir. De cierta forma, me agradó que trajera el vino, aunque no pueda tomar. O sea, el doctor me dijo que una copa no me hará daño, pero prefiero la galleta chistosa, tomar té o agua. Su visita se debe a que le manté un WhastApp pidiéndole más galletas, aunque en el fondo sé que con las tres que me quedan tengo al menos para un mes más.

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Ya sé que voy a llorar, que me voy a quejar, que me voy a reír... en esta soledad, enfrente a la verdad, es casi como huir. Duró dos segundos el atardecer me quemo por dentro, el alma y el cuerpo... 

Mierda, hace rato que no escuchaba a Bomba tan relajada, pienso. Ya me está tocando la galleta.
- Gracias por traer las galleta y buena onda que hayas traido un vino- le digo a Blanca vomitando las palabras.
Blanca se puso seria un segundo, y echó la cabeza hacia atrás cerrando los ojos. Me doy cuenta lo volada que está mientras le miro el perfil afilado que tiene, delimitado por una nariz recta que estuvo a punto de caerse, pero cuya rigidez del cartílago inferior la salvó. Su piel es como su nombre, con un subtono rosado-amarillo, como el color "carne" que usan los niños en el colegio. Ese color tiene su piel. No tiene ningún lunar en su cara, ni una peca, ni una mancha. Esta es primera vez que veo de cerca sus pestañas, son cortas y claras, del mismo color que su pelo largo y rubio oscuro.
De pronto, tengo ganas de estirar mi mano y tocar su frente, sólo para saber cómo es su piel. La piel de su frente.

Y yo... no puedo estar más así, sin alma en el cuerpo, me quemo por dentro, me quemo, me quemo, me quemo por dentro.

- Es la raja esta canción - me dice, salvándome de mi intención. Me pongo roja y miro hacia el balcón del departamento.
- Sí, es mi favorita de hecho.

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Sabe a vainilla y mote con huesillos. Se desliza por mi labio inferior su lengua de punta redonda y pequeña, pero suficientemente hábil para tocar las fibras que me hacen temblar los poros que existen justo detrás de mis orejas, como si me soplaran mientras me pasan una pluma milímetro a milímetro por el lóbulo. Nos besamos lento, nuestras lenguas no entran en nuestras bocas, sino que se pasean por fuera de ellas. Se siente como si fuera un tercer labio formándose en alguna parte del universo, en medio de la respiración suave que nos marca las pausas extendidas entre cada beso. El tiempo se ha detenido en la esquina y afuera, estoy segura, todos se congelaron. Hasta las hojas de los árboles que gimen cuando chocan gracias al viento de septiembre que sigue redoblando sus fuerzas por extenderse hasta noviembre. Adentro, en el sillón negro estamos las dos besándonos sin preguntarnos cómo llegamos a esto. No importa tanto ahora, me importa más saber si al morder un carozo de su boca sentiré esa sensación ondulante que perdí hace un mes. Me adelanto, tomo un ritmo musical y le deslizo lentamente mis dientes por su labio superior, noto que se acelera, pero no me muerde. Yo lo hago, y le doy un beso cerrado, haciendo encajar exactamente el delineado de su carne con la mía. No quiero terminar con esto, pero paro y la miro, alejo mi torso de su espacio personal.


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