PARTE I

Estoy mentalizada para que suene el citófono. Me preparo desde el sillón, tomando aire y jurándome que no me voy a exaltar, alterar, ni poner nerviosa por el sonido estridente que tiene ese condenado timbre. La aplicación de delivery del supermercado indica que en unos tres minutos me llamarán desde conserjería. Espero con calma, respirando profundo.

Suena, me levanto y cruzo lentamente los cinco metros que me separan del teléfono adosado a la pared.
- ¿Sí?
- Su pedido - dice el conserje.
- Listo, que suba, gracias.

Corto. Respiro, pensando que una vez más lo logré. No hay daño colaterales y sólo debo esperar con calma a que el chico de "Pedidos Ya" llegue con la bolsa tras subir los 20 pisos que nos separan de conserjería. Hoy he pedido cosas como papel higiénico, una caja de leche sin lactosa descremada, cereal y un chocolate lo más alto posible en cacao que vendan en una cadena de supermercados.

Las últimas tres veces ha venido el mismo chico a dejarme mis cosas, y me da una especie de vergüenza digna, una suerte de miedo a que me diga algo que nunca me dirá, pero me reivindico en la mente, pensando en que tengo derecho a pedir un solo producto si es que el sistema me lo permite.

- Buenas, tenga - me dice mirándome fijo y con claro acento venezolano.
Tiene los ojos de un color miel demasiado claro, casi amarillo. Su piel es rosada casi tipo frutilla, quizá más hacia la noche es trigueña, quizá se quemó con el sol en sus jornadas de reparto. También es alto, de contextura media, pero se ve mucho más relleno con la chaqueta roja que lo convierte en un motoquero gracioso.
Siento que quiere preguntarme si me pasa algo, si soy demasiado floja para ir al supermercado o si estoy operada. Al menos un colega suyo me ya me preguntó sin rodeos la semana pasada si estaba operada.
- Gracias- le digo recibiendo la bolsa plástica en que enviaron las cuatro cosas.
La puerta del departamento queda abierta hasta atrás, siento la corriente que atraviesa el pasillo, y anhelo ir un poco más afuera. Pero giro mi cuerpo hacia dentro para dejar la bolsa sobre la mesa y pasarle los 10 mil pesos.
- Salió más barato - me dice.
Mientras busca la boleta, yo lo miro pensando en que no tengo ganas de pensar y que tampoco tengo ganas de apurarlo. Los días han pasado lentos, no voy a presionarlo. Después de circular nervioso por sus bolsillos, como tocando un ritmo con sus palmas en el cuerpo y en su trasero, me alcanza la boleta arrugada.
- Salió seis mil ocho noventa, entonces tengo que darle vuelto de... a ver, esteeeee.
Lo ayudo, respiro profundo y alcanzo mi celular que dejé tirado sobre el sillón. Realmente no tengo ganas de pensar, pero lo hago de buena gana, sorprendida por no encontrar razón para hacer eso con tanta paciencia, ni siquiera lo encuentro atractivo, supongo que no lo apuro porque es una persona, como yo. Abro la calculadora, resto los seis mil ocho noventa a los diez mil pesos con los que le pagué y le recito lo que me tiene que devolver.
- Me debes tres mil ciento diez.
- ¿Le puedo dar sólo tres mil?, no tengo monedas - me dice mirándome con resignación.
Pienso dos segundos en mi respuesta. Pienso que no me importa tanto, que en realidad la única razón para pedir esos ciento diez pesos sería odiosidad. No sé cómo percibe esos dos segundos en que lo miro, pero veo que en su cara aparece un atisbo de temor, sus ojos cambian a color chancaca.
- Sí, está bien, dale, gracias - le digo de corrido.
- Gracias, que estés bien - responde.
Se va. Cierro la puerta tras la visita del pseudodesconocido, continuando con el ritual que he hecho al menos diez veces en las últimas tres semanas. En siete días exactos se cumple un mes desde que estoy en esta situación.

Guardo las cosas, camino lento por el espacio, cada paso parece ser una insolencia a mi capacidad real. Me repito en la mente diez veces, "no pienses en esto, sólo guarda las cosas". Me demoro, pero no hay apuro, entonces pienso que no me demoro, sólo que estoy en un espacio-tiempo distinto, ocurriendo aquí dentro. Invoco paciencia y recuerdo el ritual del 11.11 que hice justamente el 11 de noviembre a las 11.11 de la mañana. Si sumas, da 8, y ese es el número del infinito. Ese día pedí estar sana, recuperarme, pedí por un cambio de trabajo, por el amor y la comunicación. Pido paciencia, pido coraje mental. Sólo estoy guardando cuatro cosas, pero se siente como si fuera un proceso de guardar cuatro espinas, cuatro yunkes, cuatro karmas, lo que sea.

Miro a la cama, se ve desde la puerta de mi departamento, se ve desde cualquiera de las 20 baldosas que delimitan la cocina "americana". La cama está desecha, con el mismo cobertor que tengo hace dos años y que jamás he enviado a la tintorería. No se mueve nada más que la cortina por esa brisa santiaguina, parca, tosca, que entra desde afuera, y escucho que en la tele se desliza el pronóstico del tiempo:

Ola de calor para la zona central a partir de la próxima semana, entre el lunes y el miércoles las temperaturas superarán los 32°. 




Trabajaba en un medio de comunicación con el que parecía estar en la gloria, producto de la paz mental que te da estar en un lugar que probablemente ningún chileno desconoce. Lo cierto es que lo más lejos que llegué fue al piso -2. El camino fue pedregoso, pero logré completar más de seis años en ese lugar y obtener un cargo de sub jefatura. Sí, sub. La primera vez que me sacaron mi número astral, o algo así, me dijeron que tenía el 11, un número que solía hacer las cosas más complejas para quienes lo tenían, que para el resto. Y bueno, sí. Oh sí. No era sencillo, considerado eso de "ser sola", eso de volver de una licencia, eso de que debes agradecer el tener trabajo porque hay tantos periodistas en el país sin trabajo. No sólo periodistas, otras cientos de carreras saturadas en el imperio de la educación de mercado de nuestro Chile.

El tema es que después de un largo tiempo, decidí terminar con esa relación laboral, porque descubrí aquello que las personas nunca quieren descubrir en una relación: no estaba enamorada. Nunca lo estuve. Quería algo nuevo, quería ser otra persona, y estar allí era seguir siendo la misma. Ya no era la misma. El porrazo que me dio la vida me hizo entender que no podía seguir siéndolo, y tampoco quería. Si continuaba en ese lugar, iba a verme forzada a reencontrarme con mis recuerdos, errores, con ese pasado que necesitaba dejar atrás para la renovación que buscaba.
Lo dejé. Un día fui valiente, como quise serlo tantas veces antes, y lo dejé. Pero la chispeza de atreverme provino de la búsqueda, y en la búsqueda encontré a Camila, quien me hizo una lectura online del tarot. Bella modernidad, lectura de cartas por WhatsApp.

- Va a tener que visualizarte primero fuera de ese lugar. Escríbelo o graba un video, pero termina con ello.
Le hice caso.

El ejercicio partió por visualizarme fuera de un lugar en el que estuve tanto tiempo y pensar en que era libre allí fuera. Libre de mi misma, y eso ya era mucho. Libre para reconectarme con mi ser interior, con aquello más profundo que había estado presente, pero que había acallado por preocuparme de complacer expectativas ajenas. Para conseguirlo, me imaginé siendo una paloma de Plaza de Armas de Santiago, asediada por la gente, tomando agua de las canaletas sucias, quemádome las patas en verano, sufriendo con las lluvias de invierno y muerta de frío con las temperaturas bajo cero de las heladas. Me imaginé con porosidad en un pie, y con plumas menos en el ala derecha, flaca y algo famélica, con el cuello mojado luego que me saltara agua desde la rueda de un taxi.







Comentarios